Para Luna

Salí a dar un paseo corto, quizás el último, eso nunca se sabe; de lo que sí estoy seguro es que la probabilidad está subiendo a pasos agigantados. Camino por la orilla del mar, como lo he estado haciendo desde hace dos semanas. Es curioso, porque a mí no me gusta el mar o, si me permiten expresarme mejor, el mar me gusta menos que la tierra. Sin embargo, acá estoy con los pies sobre la arena en vez de en el pasto, con la cara salpicada de sal en vez de perfumada por las hojas resecadas de los álamos. ¡Qué puedo decir! A veces el destino nos lleva a donde nos lleva y yo ya no me cuestiono tanto el motivo. Hubo una vez que caminé sobre la tierra mojada y otra en la que el cemento abrasaba todo alrededor incluso a mí. Qué va, lo importante era caminar, pasear.

Ahora camino solo, pero lo hice acompañado muchas veces. Algunos días con mis amigos, otros con los vecinos, mi familia también me acompañó, pero ahora camino solo, bah, mi cabeza camina sola, se enfoca en el horizonte y me hace mover los pies. Seguro que alguien me acompaña, pero no lo veo, de hecho, de a ratos me olvido de que está. Creo que nunca caminé solo, solo, quizás alguna vez en algún parque, no lo sé, últimamente los recuerdos se me escapan tan fácilmente que me sorprendo de veras. Qué extraña es la cabeza. Cuando era joven podía recordar tantas cosas, instrucciones básicas, de esas que nos ayudan a sobrevivir, hasta otras más complejas, como las que necesitamos para trabajar.

Ahora esa rapidez está apaciguada. Ahora “no veo un burro a dos metros”, como decía la abuela. Ahora escucho poco, poquísimo, y mirá que yo tenía un oído biónico, se caía un alfiler en el cuarto de al lado y yo podía escucharlo como si cayese al lado mío. Ahora camino despacio. Ahora me duelen la cadera, las piernas, la espalda, todos los días me levanto sin fuerza, pero con entusiasmo, eso sí, porque perder el entusiasmo significa perderme un poco a mí mismo, y ¿quién sería yo sin mí?

Así que, todos los días desayuno, me baño y me arreglo un poco, y después salgo a caminar por la playa. No voy a mentir, a veces también remoloneo un poco, me gusta tirarme al sol sobre el sofá y que mi mujer me rasque la cabeza un rato. Ella continúa diciendo, como cuando éramos jóvenes, que no tiene mucho tiempo, y yo sigo pidiéndole que se quede un poquito más. La mayoría de las veces accede y dormita a mi lado o mira la playa desde la ventana. Esos son los momentos que más me gustan y estoy seguro de que a ella también.

A veces, cuando paseo, me llevo esos instantes conmigo, no tanto para pensarlos, sino para sentirlos. Cuando pasee por última vez, todas esas sensaciones estarán ahí, estoy seguro de eso. Los viajes con mis padres, los mimos de mis abuelos, los juegos con mis hermanos y mis hijas, y las charlas y peleas con mis amigos (los que todavía están acá y los que me esperan del otro lado). Cuando pasee por última vez, voy a pasear por todos los lugares por donde anduve, aunque sean dos pasos locos en la arena que nunca me gustó. Cuando pasee por última vez, no lo sabré, y sin embargo estoy seguro de que lo sospecharé; al fin y al cabo, mi percepción sigue intacta.

Pero ¿saben qué? voy a elegir no saberlo, voy a elegir caminar como cuando era un niño, apurado, torpe y divertido, o como cuando era adolescente y corría carreras con mis amigos, o cuando iba de la mano de mi hija, despacio, enseñándole a caminar. Voy a pasear como siempre, con calma en el corazón, animado, pensando en el placer de mover mis pies, de sentir la brisa del mar en mis orejas, de escuchar el rugido de las olas. Voy a caminar erguido, mirando el horizonte, sin pensar en el regreso que no existirá ni en la tristeza que los rondará. Voy a elegir caminar pensando en lo feliz que fui, en lo felices que fueron todos, sabiendo que lo esencial se quedará con ellos para siempre y lo único que yo podré llevarme será el recuerdo de una vida que amé.

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